Tan solica te encuentro…

…Tan solica te encuentro como he venido, pero… para estos menesteres nos sobran las compañías…

No evito la cantinela, el saludo de Arsenia a la Virgen en Soplar al cierzo (mi libro de relatos), cada vez que descendiendo la cuesta dejando atrás las casas colgadas desde donde ahora sé que solo me contemplan los fantasmas; todas esas ventanas, antes llenas de ojos curiosos ante el paseo de los forasteros, ahora son una postal de otra época, de fachadas suspendidas al barranco ancladas en el tiempo y resistiendo mientras puedan al abrazo del cierzo, al deterioro de los calores del verano, los hielos del invierno y el avance de la enruna que agrieta sus tejas y muros de adobe, aguantando la intemperie ajenas a un porvenir incierto. Son el corazón, en otra época palpitante, de aquel pueblo que se fue creando a partir del asentamiento milenario, allá por la época del esplendor de Al-Ándalus, en los albores del siglo VIII. En origen una aldea en lo alto del cerro de una ladera rodeada de montes y surcada por el Manubles ejerciendo de foso natural de defensa, que devino en un trazado laberíntico de calles misteriosas, en un asentamiento que conoció tiempos mejores, y que ahora se vacía sin vuelta atrás, por mucho que me empeñe en seguir viéndolo vivo a pesar del silencio que lo invade.  Ya no suena el baile de escobas barriendo el polvo, ni los saludos cantarines y la consecuente bajada de voz para no ser oídos los secretos de las historias trasmitidas. Ya no hay herraduras hiriendo al suelo, ni ladran perros, tampoco tractores; ni hay alboroto de niños al ir y venir a la escuela. Tampoco se escuchan gallos rompiendo el misterio de la noche. Hasta ha disminuido el ajetreo de los pájaros en el tejado que siempre me despertaban al amanecer. Y se acabaron los ultramarinos, las carnicerías y los bares, ahora todo reducido a un punto simbólico de servicio público que el ayuntamiento se empeña en mantener, y ¡que dure mucho!

Ya nadie me para y me pregunta eso de: “Maña, y tú quién eres”, no porque ya me conozcan, sino porque no hay gente que frecuente esa parte de lo que fue el alma del pueblo. A veces transita algún paseante, de paso, o los descendientes de esas familias que fueron sus pobladores desde aquel tiempo de los “moros”, y que vuelven los fines de semana. Ya no se restauran las casas de los ancestros, se las deja morir de viejas y se prefiere construir una nueva en las afueras, propias de urbanitas ansiosos de “lo rural”, quizá en busca de ese hilo umbilical del ADN de sus apellidos. A veces te cruzas con algún inmigrante, temporeros que llegan para la recogida de la fruta.  Y a veces, aparece algún “avis rara” del otro lado del Atlántico que encuentra en el pueblo un Dorado de paz lejos de sus convulsas ciudades. Bienvenidos sean todos y ojalá echen raíces como para volver a tener necesidad de abrir la escuela, cerrada a cal y canto a juegos y risas escolares por falta de infantes.    

Mi querido pueblo pertenece a esa España despoblada de inquietante futuro. Y encima invadido por un mar negro de huertas solares de las que al menos, algunos pocos sacan sus buenos dineros. Nada que ver con aquel lugar que descubrí hace muchos años y que hice mío para siempre. Hoy, la vida cotidiana no pasa de la Portilla, de ahí hacia dentro apenas quedan vecinos, vecinas, porque suelen ser ellas las que se quedan solas y resisten a la espera feliz de la visita de los hijos y de los nietos, alargando lo más posible el traslado a la residencia, o al camposanto. Cada vez que voy echo en falta a alguien. Y añoro a esas mujeres que en otro tiempo pedían identificarme. Ahora soy esa mujer que baja por el camino de la vega hasta la ermita de la Virgen, y saluda a la imagen recordando como lo hacía Arsenia:

…tan solica te encuentro como he llegado, pero para estos menesteres nos sobran las compañías…  

¡Qué razón tenía Arsenia! Pues eso, que, para ciertas cosas, mejor avanzar en soledad hasta entrar en la ermita, ahora vestida de fiesta tras años de remodelación y muchas perras aportadas por sus fieles devotas. Ha quedado preciosa. Preciosa y custodiada por cuatro Santas colgadicas en sus marcos. ¡Si la viera Arsenia…!  Aunque estoy convencida de que nunca ha dejado de ir a su visita diaria para platicar con la Altísima, su fiel confidente. Además, como ya no sufre de apretones ni tiene pecados que confesar, debe disfrutar lo suyo recordando batallas pasadas, criticando a los urbanitas y celebrando la resurrección del campo y la vega después del incendio que casi deja al Pueblo como ascua del infierno. Debe estar feliz con la nueva ermita, ahora reluciente como una patena el día del Corpus, y aunque ya no disfrute del placer del chocolate, que mira que le gustaba, estará en plena gloria en la contemplación del templo reluciente y apetitoso como una caja de bombones.

Con gente o sin ella, el pueblo me sigue llamando y allí me voy siempre que puedo. Me quedan los fantasmas, el paisaje que me atrapa, el cierzo que llega del Moncayo y me sigue contando historias, y ese correr del Manubles que no deja de cantarme jotas.


© Texto y fotografía:  María Cruz Vilar   
www.soplaralcierzo.com