Todos los paraísos son siempre perdidos (I)

La imposible senda literaria y humana desde Manrique hasta Lorca

Hay un surtido de líneas temáticas comunes a la historiografía e incluso a nuestras mismas vidas («My very life», que cantaba The Rolling Stones); inquietudes, anhelos y percepciones universales a todo ser humano que irremediablemente suelen despertarse por los sucesos del transcurso de los años. Las Humanidades, naturalmente, coadyuvan a esclarecer nuestras incertidumbres mortales; más aún la Literatura, con mayúscula, que en este caso posibilita concretar esta senda con aquel verso inmortal de Jorge Manrique: «Cualquiera tiempo pasado fue mejor».

Tal es el objeto de nuestra tarea, no en vano «Leer es robarle vida a la muerte», y sin duda leer a nuestros autores es arrebatarles del otro mundo —en muchos casos del averno, naturalmente— para traer a nuestra atención textos que iluminan el recurrente «qué malos tiempos nos ha tocado vivir». Nadie hay, en verdad, que expresara su segura apreciación de residir en un mundo ideal. «Le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir», como se dice en aquel inicio de un relato de Jorge Luis Borges, sobre lo que apunta Fernando Savater en su ensayo Ética para Amador: «En efecto, nadie ha vivido nunca en tiempos completamente favorables, en los que resulte sencillo ser hombre y llevar una buena vida. Siempre ha habido violencia, rapiña, cobardía, imbecilidad (moral y de la otra), mentiras aceptadas como verdades porque son agradables de oír».

Sin embargo, existe una tendencia que lamenta un paraíso perdido, que manifiesta una nostalgia hacia un tiempo dorado, una tácita Edad de Oro, la cual concluyó fruto de una insalvable decadencia que dio al traste con aquel glorioso presente. No obstante, lo literario nos demuestra que, esencialmente, todos los paraísos a los que podemos aspirar son siempre perdidos… si es que existieron. La senda recorrida evidencia que el denominado «paraíso» es siempre una aspiración, desde un punto de vista marcado por la añoranza.

Así, es mi pretensión confeccionar una tentativa de panorama bibliográfico enfocado en nuestras letras para arrojar luz a la sorprendente imposibilidad temática que se advierte en los textos, fruto de un particular eje ideológico y cultural. Pues, ¿cómo se manifiestan y pueden abordarse desde la literatura estas ideologizaciones? ¿Cuál es la Edad de Oro a la que aluden dichas manifestaciones textuales?

Ilustraciones de Gustave Doré para El paraíso perdido de John Milton.

Las muestras de la imposibilidad de alcanzar el paraíso, así como la consecuente crisis, son habituales: ya Virgilio, Horacio o Marcial huían a la ciudad de Roma para terminar añorando el campo. «Beatus ille qui procul negotiis» («dichoso aquel alejado de los negocios»), afirmó el segundo de los citados en la celebérrima Oda II de su Epodos. Este es el principal espacio asociado a lo ideal, hecho que resulta manifiesto en el poeta latino Marcial; citémosle por su origen bilbilitano, pues recuerda en sus epigramas del siglo I d.C. una finca campestre rodeada por «este bosque, estas fuentes (…) prados», enfocándose en los elementos naturales con tal complacencia que, empleando personajes de la mitología griega, afirma: «Si Nausícaa [personaje de la Odisea] quisiera entregarme los jardines de su padre, podría yo decirle a Alcínoo [padre de Nausícaa]: “Prefiero los míos”» (288-289).

Mención aparte merecen las Bucólicas de Virgilio y la obra de Teócrito, fundador de la poesía bucólica que tanto exalta el campo: se trata nuevamente del «Beatus ille» horaciano. La nostalgia propia de estos discursos acarrea que sea inexcusable volver a citar, ya dentro de la poesía castellana, los versos del prerrenacentista Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre, pues incluyen un importante matiz que revoluciona lo que pueda haber sido discernido al comienzo de este artículo. Veámoslos íntegramente: «Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida, / cómo se viene la muerte / tan callando; / cuán presto se va el placer; / cómo después de acordado da dolor; / cómo a nuestro parecer / cualquiera tiempo pasado / fue mejor».

En esta, la copla primera de la elegía, debe prestarse atención al antepenúltimo verso: «Cómo a nuestro parecer». Manrique, preso del dolor, está realizando una sustancial revelación: el matiz para abordar la materia está en nosotros mismos, en nuestro sesgo. ¿Cuántas veces no hemos recordado algún periodo pasado notablemente mejor de lo que objetivamente fue? Decía el escritor barcelonés Juan Goytisolo que «la distancia limpia la mirada». ¿O la empaña, como afirmó el poeta Ángel Crespo en 1978? No pueden olvidarse tales aspectos para adentrarnos en nuestras líneas temáticas en tanto que la visión clave para el recorrido, se observa ya, está manifiestamente determinada, y lo pasado y perdido se convierte en una aspiración de felicidad. Sí, aspiración, y nada más…

Continuará…


© Texto: Luis Gracia Gaspar
© Imágenes: Ilustraciones de Gustave Doré para El paraíso perdido de John Milton. Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla.

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