Todos los paraísos son siempre perdidos (II)

La imposible senda literaria y humana desde Manrique hasta Lorca

En la anterior entrega sobre ese paraíso dorado inalcanzable veíamos el caso del poeta Jorge Manrique con las Coplas a la muerte de su padre. En él influyo crucialmente el contexto histórico. Para comprenderlo, el teórico Johan Huizinga expuso que «toda época suspira por un mundo mejor»; y particularmente, sobre los años finales de la Edad Media —recordemos las Coplas fueron escritas hacia 1476—, remarcó: «Dondequiera que se busque, en la tradición literaria de aquel tiempo, en los historiadores (…) casi no parece haberse conservado otra cosa que el recuerdo de las disensiones, del odio». Añadiendo: la «nostalgia de una eterna salvación nos hace indiferentes al curso y a la forma de la existencia terrenal». O sea, para estudiar las voces de esta etapa es muy relevante tomar en consideración su contexto.

La hispanista italiana Margherita Morreale concluyó al respecto de las Coplas: ya «en las letras clásicas hallamos el ¿Ubi sunt? en pasajes cargados de connotaciones emotivas, que podemos atribuir al apego a las cosas y poner resueltamente bajo el signo de la nostalgia». Esto pone en evidencia la importancia de los tópicos literarios.

Pero de ambos estudiosos cabe destacar una idea de Huizinga, que indica el anhelo principal entonces: la ansiada «eterna salvación», que de nuevo marcaría la producción literaria enmarcada en las perspectivas que nos ocupan. No en vano, afirma Huizinga: «El matiz de resuelta alegría de la vida y firme confianza en la propia energía» lo «alienta en la historia el Renacimiento». Este movimiento determinó las voces de nuestro panorama, pues, por los peligros que encerraban las ciudades durante la Edad Media, la vida sencilla del campo parecía mucho más atractiva en la etapa renacentista.

Y el nuevo optimismo que llegó tras el periodo medieval era una inspiración para muchos autores del Renacimiento. Estos escribieron profusamente sobre una vida muy idealizada y celebrada del campo, con énfasis en la naturaleza perfecta y tranquila, como previamente habían retratado los grecolatinos. De este modo, el entorno rural como paraíso cobró más fuerza, al igual que la consecuente añoranza hacia el mismo.

La voz de Garcilaso de la Vega en el Siglo de Oro aporta de nuevo distintas expresiones poéticas que reafirman la asociación de la felicidad al campo. Para ello, bien puede recurrirse a su égloga primera, donde el personaje de Nemoroso expresa, entre los versos 243-253:

Hiedra que por los árboles caminas, / torciendo el paso por su verde seno; / yo me vi tan ajeno / del grave mal que siento, / que de puro contento / con vuestra soledad me recreaba, / donde con dulce sueño reposaba, / o con el pensamiento discurría / por donde no hallaba / sino memorias llenas de alegría.

Aquí el paraíso, como lugar perdido donde se fue feliz, lo encarna el campo, hecho habitual en el subgénero de la égloga o en el ascetismo, por otro lado. Y menciono ascetismo pues, al hablar del paraíso y la naturaleza, debemos incluir a Fray de Luis de León, que en la segunda fase de nuestro Renacimiento compuso la celebérrima Oda I «a la vida retirada»: «¡Qué descansada vida / la del que huye el mundanal ruido, / y sigue la escondida / senda por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido!». Con «ecos del Beatus ille horaciano», como recuerda Antonio Ramajo Caño, encumbra la huida a lo rural y apartado.

En la Oda décimo séptima (XVII) o vigésimo segunda (XXII) —según la edición—, llamada «En una esperanza que salió vana», aún deja más claro su parecer sobre esta intención como una decisión dichosa:

Dichoso el que jamás ni ley, ni fuero, / ni el alto tribunal, ni las ciudades, / ni conoció del mundo el trato fiero. / Que por las inocentes soledades, / recoge el pobre cuerpo en vil cabaña, / y el ánimo enriquece con verdades.

¿Por qué esta recurrente tendencia hacia lo natural como el paraíso, especialmente desde las urbes, aun con el transcurso de los siglos y los momentos históricos?

Continuará…


© Texto: Luis Gracia Gaspar
© Imágenes: Ilustración de Gustave Doré para El paraíso perdido de John Milton. Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla.

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