Todos los paraísos son siempre perdidos (III)

La imposible senda literaria y humana desde Manrique hasta Lorca

En mitad del recurrente «qué malos tiempos nos ha tocado vivir», del «le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir», tal y como afirmó Jorge Luis Borges, continuamos hallando nuevos ejemplos textuales que iluminan un sentir común a la literatura hispánica. No obstante, sumergiéndonos en la disciplina filosófica encontramos otras muestras reveladoras. Entre ellas, destaca una llamativa del siglo XVII: la teorización de Baruch Spinoza sobre la naturaleza.

En la parte cuarta de su Ética demostrada según el orden geométrico, Spinoza equipara la naturaleza a Dios, expresando su creencia en una única sustancia, dotada de dos atributos: Naturaleza naturante y Naturaleza naturada, pues produce y es producida. Así, puede afirmarse: Dios es para él la naturaleza. El paraíso es la vida sencilla. La Edad de Oro es la edad de la vida elemental, siendo quizá el último filósofo que lo interpreta de tal forma. Constituye un encumbramiento como el que articula la voz del poeta dieciochesco Juan Meléndez Valdés, en su oda XL:

Cuando a mi pobre aldea
feliz escapar puedo,
las penas y el bullicio
de la ciudad huyendo,
alegre me parece
que soy un hombre nuevo,
y entonces sólo vivo,
y entonces sólo pienso.

Este parecer, que no resulta nada lejano en nuestro tiempo, de nuevo comprende a otro creador que aproxima la aldea, el campo, a un estado ideal. Y de nuevo, lo hace desde la ciudad. De este modo, cuando llegamos al siglo XIX nuestra práctica literaria ha sido ya modulada mediante distintos tópicos, corrientes y contextos históricos o coyunturales que, no obstante, a pesar de su disparidad en múltiples ocasiones, coinciden en el sentir que nos ocupa: el paraíso —perdido o todavía no— es la conceptualización literaria principal para la encarnación de la vida sencilla. Y no en vano, la nostalgia hacia él es muy significativa.

Quizá ese deseo influyó en que el realista José María de Pereda recreara en sus novelas una sociedad totalmente idílica. Mientras, otros como Benito Pérez Galdós manifestaban que en el campo existían los conflictos personales y humanos que se dan en cualquier lugar, distanciándose ya de la visión que convencionalmente venía manejándose.

Posteriormente, a la llegada del siglo XX, Juan Ramón Jiménez presenta una producción poética donde son recurrentes los elementos naturales, que constituyen un paraíso que se pierde:

Mis ojos pierdo, soñando,
en el vaho del sendero:
una flor que se moría, ya se ha quedado sin pétalos,

en «Parque viejo», de Primeras poesías. Sus versos orbitan en torno a un eje ideológico por el que la aproximación a ese entorno se trunca de alguna forma, muchas veces por la muerte, tema poético habitual en su obra manifestado en este «El viaje definitivo», de Poemas agrestes, 1910-1911:

… Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará nostáljico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.

No será la única muestra significativa en los albores del siglo XX: la obra de un poeta sevillano llamado Antonio Machado, por igual contribuye a explicar este característico sentir literario y humano.

Continuará…


© Texto: Luis Gracia Gaspar
© Ilustración de Gustave Doré para El paraíso perdido de John Milton. Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla.

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