Todos los paraísos son siempre perdidos (IV)

La imposible senda literaria y humana desde Manrique hasta Lorca

Continuando con nuestra imposible senda literaria y humana, hay que remarcar que la misma conceptualización y eje ideológico-poético es claro en los Campos de Castilla de Antonio Machado, a quien Ian Gibson bautizó como «el poeta del paraíso perdido»; asegura el sevillano en su composición «El loco»:

Huye de la ciudad… Pobres maldades,
misérrimas virtudes y quehaceres
de chulos aburridos, y ruindades
de ociosos mercaderes

Como apunta Rafael Montesinos sobre Luis Cernuda, tanto este como Bécquer, «se destierran por propia voluntad, aunque después evoquen —en verso o prosa— la ciudad perdida». De nuevo, queda patente en todas las manifestaciones estudiadas que la idealización se acentúa con la distancia.

Quiero citar, por último, a Federico García Lorca, donde las referencias a la naturaleza son muy abundantes. El paisaje lorquiano, no obstante, resulta muy particular, y no por casualidad declaró el vate en 1935:

A mí me interesa más la gente que habita en el paisaje que el paisaje mismo. Yo puedo estarme contemplando una sierra durante un cuarto de hora; pero en seguida corro a hablar con el pastor o con el leñador en su sierra.

Así, presenta un uso simbólico y metafórico de la naturaleza, el «verde que te quiero verde / verde viento verdes ramas» de su famoso «Romance sonámbulo». O como ocurre en este poema incluido en Doña Rosita la soltera:

Cuando en las ramas empiezan
los pájaros a cantar
y se desmaya la tarde
en las violetas del mar,
se pone blanca, con blanco
de una mejilla de sal.

Al igual que en el Poema del cante jondo, plagado de referencias al entorno, aunque sin profundizar en su pérdida como ocurría en otras muestras textuales, pese a que se aproximen a la nostalgia.

***

Lo que principalmente he pretendido en estas cuatro entregas es confeccionar una sucinta panorámica literaria a lo largo de nuestra historia, que evidencia que todos los paraísos son siempre perdidos. Una vez escuchadas estas voces y sus manifestaciones en la literatura, cabe preguntarse: ¿Por qué esta recurrente tendencia hacia lo natural como el paraíso? ¿A qué espacio se refieren? La Edad de Oro, según se desprende de los textos, es la edad de la vida elemental. ¿A ello remite, pues, la conceptualización y representación del paraíso y el lamento por su pérdida?

El paraíso se construye como un lugar buscado en el metaverso, un tiempo sin enfermedades, la prolongación indefinida de la vida, los viajes espaciales… Por igual, tras huir del campo en los años sesenta, hemos asistido en este tercer milenio a la aparición de un eje ideológico, construido en torno al medio rural, reivindicatorio de aquel paraíso.

Atendiendo a ese discurso histórico en esta senda por nuestras letras, bien podría concebirse ese entorno como facilitador de una mejor vida. Sin embargo, resulta incuestionable que regresamos al campo, pero no somos capaces de permanecer en él, pues experimentamos la dureza de su modo de vida.

En la actualidad, lejos de los peligros de las ciudades medievales, disfrutamos de nuestras urbes mientras añoramos lo natural, paradójicamente, y suele caracterizarse a ese espacio como un imposible que no es tal. Mientras, el campo clama para evitar su desaparición por la despoblación o el modelo económico.

¿Carece de sentido, en verdad, reconsiderar los conceptos de nostalgia o crisis, buscar la cuadratura del círculo? Pues, quizá, todo ello se encontró únicamente en versos, ideas y deseos, en lo que perdimos o aspiramos, pues todos los paraísos son siempre lugares perdidos, como el presente viaje crítico pone de manifiesto.

Cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor, pese a «nuestro parecer». Y como Manrique reconoce en los últimos versos de la última copla a su padre, y recurramos a su voz para concluir ya que con ella comencé, «y aunque la vida murió, / nos dexó harto consuelo: / su memoria». Esta es lo que tenemos garantizado todos y cada uno de nosotros: el recuerdo que vayamos a dejar en esta senda sí posible, llamada vida.


© Texto: Luis Gracia Gaspar
© Ilustración de Gustave Doré para El paraíso perdido de John Milton. Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies