Travesía

Travesías

La vida es un viaje, un sin fin de travesías, no siempre por caminos o por mares, si no, las más de las veces, por laberintos interiores, sendas ocultas al ojo ajeno, vericuetos en los que nos perdemos y que con suerte volvemos a encontrarnos para seguir ese viaje sin retorno que de forma involuntaria nos ha sido dado.

Este año de pandemia y confinamientos son muchos los viajeros que han tenido que conformarse con ese viaje interior para reencontrarse, como Ulises, con esa patria perdida, con ese lugar común y cercano del que partieron en busca de otros horizontes más favorables a sus sueños. Este año, el tráfico en el Estrecho ha sido prohibido para evitar contagios, este año: «los dioses tejen desdichas para que a las futuras generaciones no les falte algo que cantar» (La Odisea).


Travesía

Es extraño, pero el puerto de Tarifa no huele a mar. «Debe ser por la proximidad de la otra orilla», dije a mis amigos, que volvieron la cabeza ignorando el comentario que tal vez ni oyeron, ya que el motor del ferry rugió iniciando la maniobra de salida. En apenas nada se puso en marcha, y siguiendo al  práctico, que me recordó a los barquitos que dibujaba cuando era pequeña, enfiló la bocana dispuesto a atravesar el Estrecho y en treinta y cinco minutos dejarnos en Tánger. Era la primera vez que lo cruzaba y la sensación de alejarme de la costa rumbo a África, ahí tan cerca, y sin embargo tan lejos, me hacía mucha ilusión. Impresionada ante la proximidad de los dos continentes y la posibilidad de ver delfines, o mejor aún: ballenas, tal y como prometía el folleto de la excursión, hizo que me sintiera muy contenta aunque algo extraña entre tanto turista de diario; hombres, mujeres y niños vestidos de verano y provistos de los últimos teléfonos móviles para aprisionar el instante y enviarlo a los cuatro puntos cardinales.  ─Más les valía disfrutar de la belleza del paisaje. ─Dije en voz alta, aunque  por suerte nadie debió oír mi impertinencia.

A medida que nos alejábamos empezó a soplar un poniente que no favorecía la navegación y que me alborotó algo más que el pelo, ya de por sí rebelde y erizado por la proximidad del agua. Aquel mar me empezó a intimidar. Treinta y cinco minutos pasan rápido, pensé mientras me concentraba en la espera de oír ruidos extraños. Fantaseando con escuchar cantos de sirenas, pero… no había niebla que favoreciera la fantasía. El guirigay de los pasajeros y el ruido del  motor impedía cualquier ilusión acústica. Decidí aislarme. Sería un viaje al interior. «¡¿Al interior?!». Grité como si estuviera sola. No, no estaba sola, ni mareada, nunca me había mareado en un barco y este, más que correr, volaba. ¿Entonces…? Estaba atravesando el Estrecho y era inevitable no pensar en ello, en ellos. Las noticias diarias daban cuenta de lo que en esa hoy tranquila franja de mar, que acerca África y Europa, pasa. Una autentica odisea en pleno siglo veintiuno. Y yo ahí, sobre las olas de un azul marino intenso, cada vez más intenso e inestable por la velocidad del barco, intentando ser feliz al margen de esa otra realidad; disfrutando de mis vacaciones laborales en una mañana de agosto, rodeada de…, por qué no decirlo: frivolidad (yo la primera). Avanzábamos por algo más que un mar, e imaginé una tumba gigante flotando debajo de mí. Respiré profundo. Si seguía con esos pensamientos me amargaría el viaje y, no era esa la intención. Estaba de vacaciones, de vacaciones y lejos de Madrid. Sólo una semana. Las necesitaba. ¿Por qué culparme?

Al alejarnos de la costa apareció tras de mí Gibraltar, y en frente del peñón: Yebel Musa, e imaginé a Hércules separando la montaña para unir los dos mares. «Según Platón, por allí, o mejor dicho: por aquí debajo debía estar la Atlántida», dije volviendo la cabeza con la intención de hacer notar ante alguien del grupo mi afición a la mitología, pero la sonrisa de incomprensión de una guiri que me recordó a mi abuela, me devolvió a la realidad, y, seguí admirando las columnas pétreas, imaginando al  héroe agarrado a ellas como yo lo hacía a la barandilla de borda para no salir disparada. Haría fotos pero… no me apetecía. Estaba rara a pesar de la ilusión que puse en el viaje. Seguro que pasear por la medina y regatear en las tiendas para comprarme el collar más bonito que apareciese ante mis ojos me devolvería el ánimo que se fue alejando al soltar las amarras del muelle. Era el mar, ese mar que no olía a mar, por mucho que yo me empeñara en aspirarlo y sentirlo como un mar cualquiera, con su olor a algas, a pescado, a… Esas aguas profundas y llenas de sueños rotos se colaban en mi ánimo, aniquilándome. ¿Por qué me empeñaba en sentirlo diferente al resto de la gente que me rodeaba entre risas y caras de felicidad?. Ese era el problema. Yo, y no el mar, y esa tendencia mía al pesimismo justo en los momentos en que a mi alrededor todo el mundo está feliz. Esa tendencia mía a ser diferente.  

Aquellas aguas por las que transitó, por las que transitan tantos Ulises, están  llenas de héroes a los que nadie cantará. Olas gigantes llenas de muertos. 

Vaya momento para escribir un poema, aún así rebusqué en la mochila mi libreta de viajes cuando alguien tocó mi hombro rompiendo la ensoñación.     

─María, que estamos adentro, que aquí no hay quien hable. Y que si quieres una cerveza.

Su voz terminó con la inspiración y las ganas de escribir. A pesar de que se esforzó para hacerse entender y convencerme para que entrase, rehusé la invitación a unirme al grupo. Necesitaba estar sola, pensar, sentir, poner nombres y apellidos, y caras, a las tragedias de las que ese mar, que no olía a mar, era testigo cada vez que el poniente sopla favoreciendo la huída en busca de la protección de la diosa Europa. 

─¡Dort, dort, dort herum! ─gritó la  mujer que me recordó a mi abuela.

Los pasajeros que se mantenían en proa, aguantando los envites del viento, se desplazaron a babor con los móviles enarbolados dispuestos a inmortalizar la cola batiente de una ballena que la «doble» de mi abuela aseguró haber visto. Yo sólo vi la algarabía de las gaviotas impactando sobre algún banco que imaginé de caballas, a juzgar por los destellos plateados. Al cabo de un rato mis amigos subieron a cubierta y me dejé llevar con ellos hasta sentarnos en los bancos de popa. «Lo primero las compras. ¡A la medina!», gritó uno y todos asintieron como lo más importante del día. Todos estaban pletóricos y disfrutando del viaje.

─¡María! Vaya cara, cualquiera diría que vas en el Metro. ─Dijo la graciosa de turno y los demás se echaron a reír. Tendría que esforzarme en poner otra cara si no quería ser el blanco de la excursión.

Entre viento, cervezas y risas avanzamos hasta tener frente a nosotros las murallas de Tánger, testigos silenciosos de tantas cosas, que nos esperaban como una pared, una alegoría que imaginé infranqueable. Me acercaba a otro mundo que tal vez me rechazase. 

─¡Dort, dort! ─dijo con la misma voz que lo hubiera dicho mi abuela, aunque ella hubiera gritado: ¡Allí, allí!. Refiriéndose al majestuoso minarete.

El ferry aminoró la marcha. Cerré los ojos. Un olor conocido, antiguo, ahora sí, me invadió los sentidos. ¡Por fin olía a salitre! Mis amigos se apresuraron hacia la puerta de desembarco.

─¡María, te vas a quedar la última y nos va a tocar esperarte. Venga tía, muévete.!

Me agarré a la mochila y miré el reloj. Habían pasado los treinta y cinco minutos de la travesía.

Texto e imagen © María Cruz Vilar