Un chico sin importancia

Mientras camino por la calle 72, me vuelven a invadir los recuerdos. Ya han pasado catorce años, pero las imágenes se mantienen frescas en mi memoria. Ahora, bajo las interminables luces de Nueva York, vuelvo a preguntarme si lo que hice fue lo correcto.

Al principio, cuando recibí la noticia del accidente, aquel 9 de noviembre, creí que no era nada grave, así que pensé que no era necesario llamar a una ambulancia. Hacía apenas unos minutos que se había marchado intempestivamente del estudio, insultándonos a todos, diciéndonos que no movería un dedo más para terminar el disco. Ya no recuerdo por qué comenzamos a discutir, pero cuando cuatro hombres llevan tanto tiempo encerrados, bebiendo, fumando yerba e intentando crear algo, hasta la forma en que uno de ellos enciende un pitillo puede desencadenar una pelea.

Cuando llegué al lugar del accidente, la resaca se me esfumó como por encanto. El Aston Martin estaba completamente destrozado. Me acerqué despacio, temiendo lo peor. Me bastó un solo vistazo para confirmar mis temores. Era obvio que Paul estaba muerto.

En medio de la confusión hice lo que me pareció más inteligente: localizar a nuestro contacto en el MI-5. En un par de horas estábamos todos reunidos en el estudio. El agente nos dijo que era vital que el incidente permaneciera oculto, no podían darse el lujo de que algo estropeara sus planes.

En ese entonces trabajábamos para un proyecto del servicio secreto británico. La idea era sencilla: en cada una de nuestras canciones grabaríamos mensajes subliminales dirigidos a la juventud de los países comunistas. Allí los induciríamos a la rebelión, al uso de drogas, al libertinaje sexual y a un deseo irreprimible de conocer las virtudes del modo de vida capitalista. Desde luego, el servicio secreto buscaría la manera de distribuir nuestros discos tras la cortina de hierro.

Fue nuestro contacto quien sugirió la idea del doble. Creímos que bromeaba. Las posibilidades de tener éxito eran prácticamente inexistentes. “No hay nada imposible –nos dijo, poniéndose serio–. Es sólo cuestión de tiempo y de tener paciencia”.

Por increíble que parezca, lo logró. Aparte de una cicatriz sobre el labio, William Shears Campbell era el vivo retrato de Paul. Lo habían encontrado en Canadá y tras ofrecerle la promesa de hacerse millonario y de conseguir todas las mujeres que quisiera, no había dudado ni un segundo en aceptar.

En un comienzo pensábamos que habíamos ganado con el cambio. Billy parecía ser una versión mejorada de Paul, más amable, más simpático y, lo mejor de todo, con más talento. Pero muy pronto descubrimos que no existen los finales felices.

De un día para otro empezó a criticarnos a todos y a querer decidir cuál debía ser nuestro giro musical. Quisimos sacarlo de la banda, pero el servicio secreto nos lo impidió, así que buscamos la manera de vengarnos de él.

George tuvo la idea de poner en las canciones y en la portada de Sargento Pimienta las pistas sobre la muerte de Paul. Lo hicimos como un juego, seguros de que no importaba que alguien las descubriera, porque la idea era tan descabellada, tan increíble, que nadie podría tomársela en serio.

Nadie excepto Russ Gibb. Sin embargo, para 1969, cuando produjo su programa sobre el “Complot Beatle”, el servicio secreto había perdido el interés en nosotros y nos permitió separarnos a finales de ese mismo año.

Durante estos años he intentado mantenerme lo más alejado posible del falso Paul. He buscado seguir la senda de la iluminación espiritual y del perdón, pero por más que lo intente no puedo dejar de odiar al maldito bastardo.

Muchas veces me ha llamado para restregarme en la cara que su carrera como solista ha sido más exitosa que la mía y, lo que más me enfurece, que su esposa es más hermosa y talentosa que la mía.

He intentado controlarme, pero hace unas semanas lo llamé para decirle que lo contaría todo. Después de un incómodo silencio comenzó a reír, diciéndome que nadie lo creería. “Lo has intentado muchas veces –dijo–, en grabaciones al derecho o al revés y cuando alguien lo saca a relucir, la prensa siempre lo considera como las alucinaciones de un loco”.

“Tienes razón –le respondí–, pero en esta ocasión no serán solamente rumores. Tengo pruebas”.

Su silencio duró bastante tiempo, así que supe que lo tenía. “Mientes –escupió–, no tienes nada”.

“Nunca le conté a nadie que esa noche tenía una cámara en el auto. Tengo las fotografías”.

“No tienes el valor para hacerlas públicas”, me dijo intentando parecer tranquilo.

“Pruébame”, le dije y colgué el teléfono.

Hoy, a eso de las cinco de la tarde, el falso Paul envío a su emisario. Se acercó a mí, mientras firmaba autógrafos en las afueras de mi edificio de apartamentos. En un principio lo tomé por un fanático más, pero la copia de Double Fantasy que me extendió llevaba pegada una nota. Luego de leerla no pude hacer otra cosa que reírme. Billy me exigía que le entregara las fotografías y los negativos o tendría que atenerme a las consecuencias. “¿Es todo lo que quieres?”, le pregunté al emisario. Este asintió con la cabeza.

Pretendí que le autografiaba el disco; sin embargo, lo que escribí fue “jódete”.

Pasé el resto de la tarde en el estudio grabando una nueva canción para Yoko. Cerca de las diez de la noche, mientras regresaba en mi limusina al Dakota, decidí que sería mejor caminar un poco. Así que aquí estoy, en la calle 72, donde inicié mi relato, a punto de llegar a mi apartamento.

Me parece reconocer, recostado contra uno de los arcos del edificio al emisario del falso Paul. Sonrío: seguramente tiene un nuevo mensaje, en el cual ya ha cambiado el tono amenazante por uno más lastimero. Cómo voy a disfrutar haciéndolo sufrir. Por el momento voy a ignorar al muchacho. Creo que ya lo había visto antes, cuando me entregó otro mensaje, allá por noviembre. Me parece que dijo que me admiraba mucho e incluso me dio su nombre. Creo que era Frank o Mark. La verdad es que no puedo recordarlo. De todas formas, no tiene importancia. Es otro chico más que trabaja para Billy y que nunca hará nada lo suficientemente importante para ser recordado.

© Kalton Bruhl
Imagen de Kai Pilger en Pixabay