Un descampado se abre al público
Ámsterdam, Bruselas, Alcorcón, 2000–2002: Lara Almárcegui
¿Qué ocurre cuando un espacio que habitualmente permanece cerrado se abre, aunque sea durante unas horas, a quienes viven alrededor?
Entre los años 2000 y 2002, Lara Almárcegui llevó a cabo una intervención tan sencilla como provocadora: abrir un descampado al público.
En Ámsterdam intentó hacerlo, pero el ayuntamiento no lo permitió, alegando que la apertura podía poner en peligro la salud de la población. En Bruselas consiguió abrir durante un día un solar situado en el centro de la ciudad que normalmente permanecía cerrado con llave. En Alcorcón, Madrid, logró abrir durante una semana un terreno privado al que habitualmente estaba prohibido acceder.
No colocó nada en los solares. No los transformó. No construyó sobre ellos. Simplemente los abrió.
Y, en el caso de Alcorcón, ocurrió algo que quizá constituya la verdadera obra: las personas que entraron comenzaron a hablar espontáneamente sobre el pasado y el futuro de aquel lugar.
El espacio que todavía no ha sido ocupado
La intervención se sitúa en un momento especialmente significativo. Entre 2000 y 2002 comenzaba a desarrollarse en Europa la burbuja inmobiliaria . El capital que hasta ahora se había alojado en activos como acciones o tecnología, debido a los eventos como el 11-S o la burbuja bursátil, se trasladó a los bienes raíces, generando un auge en la inversión de la construcción. Las promotoras y los bancos asumieron riesgos hasta ese momento impensables y fue el germen de lo que posteriormente se conoció como el boom y posterior crisis inmobiliaria.
Los descampados ocupaban entonces —y siguen ocupando— una posición extraña dentro de la ciudad. Son espacios que todavía no han sido completamente incorporados a una función determinada. Lugares aparentemente vacíos, a la espera de ser construidos, vendidos, transformados o simplemente olvidados.
Precisamente por eso resultan interesantes para Almárcegui.
La artista lleva años documentando descampados, demoliciones, huertas urbanas y otros espacios que suelen quedar fuera de la imagen ordenada de la ciudad. Frente a la ciudad planificada, construida y sometida a una función, el descampado representa aquello que todavía no ha sido decidido.
Y quizá ahí esté una de las claves de esta obra.
Almárcegui no transforma el terreno porque no necesita hacerlo. Su intervención consiste en modificar temporalmente la relación que tenemos con él.
Un lugar privado deja de estar cerrado. Un espacio que normalmente no podemos utilizar se convierte durante un tiempo en un espacio común.
¿De quién es la ciudad?
El título de la obra resulta revelador: Ámsterdam, Bruselas, Alcorcón.
Tres lugares y tres experiencias diferentes. En Ámsterdam, la apertura no fue autorizada. En Bruselas, el descampado pudo abrirse durante un día. En Alcorcón, durante una semana.
La duración de la intervención parece casi una medida del grado de apertura de la ciudad.
Pero la cuestión que plantea Almárcegui va más allá de que un ayuntamiento permita o no entrar en un solar. Lo que pone en cuestión es algo mucho más profundo: quién decide qué espacios de la ciudad pueden ser utilizados, cómo y por quién.
El espacio urbano no es solamente aquello que vemos cuando caminamos por una ciudad. También está formado por las posibilidades que ofrece: lugares para encontrarse, permanecer, conversar, jugar, descansar o simplemente estar.
En El derecho a la ciudad, David Harvey plantea precisamente la necesidad de recuperar un mayor control democrático sobre la ciudad. La cuestión no es únicamente quién posee un terreno, sino quién puede participar en las decisiones que determinan cómo se construye y cómo se vive el espacio urbano.
Desde esta perspectiva, resulta especialmente significativo que Almárcegui no hiciera nada dentro del descampado de Alcorcón.
No necesitaba llenarlo para convertirlo en un espacio de participación.
Bastaba con abrirlo.
El espacio vacío como posibilidad
En una ciudad cada vez más ocupada por edificios, carreteras, centros comerciales y urbanizaciones, los espacios no utilizados adquieren un carácter casi extraño.
Estamos acostumbrados a pensar que un terreno vacío es un terreno pendiente de algo: pendiente de ser construido, vendido, urbanizado.
Pero un descampado también puede ser un espacio de posibilidad.
Puede ser un lugar donde todavía no está decidido qué debe ocurrir.
Esta cuestión conecta con las reflexiones de Laval sobre el neoliberalismo y con el análisis de Garnier sobre la progresiva expulsión de las clases populares hacia las periferias urbanas. Cuando la ciudad se organiza fundamentalmente alrededor de criterios económicos, el espacio urbano corre el riesgo de convertirse en una sucesión de lugares cuyo valor se mide por su capacidad de producir beneficios.
Y entonces la pregunta cambia:
¿Qué espacio queda para aquello que no produce un beneficio inmediato?
Un parque, una plaza, un solar abierto, un lugar de reunión.
Un descampado.
Una obra que desaparece
Hay algo paradójico en esta intervención: la obra es completamente efímera.
En Bruselas duró un día. En Alcorcón, una semana.
Después, los solares volvieron a ser lo que eran. Las puertas pudieron volver a cerrarse y el terreno pudo recuperar su condición de propiedad privada.
Sin embargo, durante ese breve intervalo ocurrió algo que no estaba previsto en ningún plano urbanístico: las personas pudieron encontrarse allí y hablar sobre el lugar que habitaban.
Quizá esa sea la verdadera dimensión de la obra.
Almárcegui no propone qué debería construirse en ese terreno. No sustituye una decisión por otra. No diseña un nuevo uso.
Hace algo mucho más sencillo: abre una posibilidad y deja que sean los ciudadanos quienes hablen.
Por eso resulta tan sugerente que, según la propia descripción de la obra, en el descampado de Alcorcón se discutiera espontáneamente sobre su pasado y su futuro.
El terreno se convierte así en un espacio de conversación.
Y conversar sobre el futuro de un lugar es también, de alguna manera, comenzar a reclamar el derecho a participar en la ciudad.
Volver a mirar lo que queda al margen
Quizá lo más interesante de Un descampado se abre al público sea que nos obliga a mirar de otra manera aquello que normalmente no miramos.
El descampado suele aparecer como un vacío urbano, como un espacio sin valor, algo que todavía no es.
Almárcegui nos propone invertir esa mirada.
El descampado ya es un lugar.
Tiene una historia, unas posibilidades y unas relaciones con quienes viven a su alrededor. Puede ser apropiado por la especulación, pero también puede convertirse, aunque sea temporalmente, en un lugar de encuentro.
La intervención no dura mucho. Un día. Una semana.
Pero quizá no haga falta más.
Porque algunas obras no pretenden permanecer físicamente. Pretenden dejar una pregunta.
¿Quién decide cómo queremos vivir nuestras ciudades?
¿Quién decide qué espacios podemos habitar?
¿Y qué ocurriría si, antes de construir sobre todos los espacios vacíos, nos detuviéramos simplemente a abrirlos y a preguntar a quienes viven allí qué quieren hacer con ellos?
Un descampado puede parecer un lugar donde no sucede nada.
Lara Almárcegui demuestra que, a veces, basta con abrir una puerta para que empiece a suceder algo.
🎧 Escucha Abrir un descampado contra el control urbanístico
AZNAR ALMAZÁN, Yayo, LÓPEZ DÍAZ, Jesús. Arte desde los setenta: prácticas en lo político. Editorial Universitaria Ramón Areces, 2019
ALMÁRCEGUI, Lara. Demoliciones, huertas urbanas, descampados. Marzo de 2006 Universidad Politécnica de Madrid
© María Ángeles Espílez Murciano
Fotografía portada: Demoliciones, huertas urbanas, descampados de Lara Almárcergui. Marzo 2006


