Un gran deseo

Todos los días camino 1 hora del trabajo a mi casa, podría usar el transporte público pero mis ganas de llegar pronto son muy escasas. Caminando distraigo mi mente, veo personas de todo tipo, mayormente gente feliz, me gusta ver a la gente que sonríe porque en el fondo quisiera ser como ellos. No, no soy el típico tipo deprimido que quiere morirse para no seguir sufriendo en este mundo de mierda, yo trato de seguir con mi vida, tengo un buen trabajo, una linda casa, no tengo auto porque me carga conducir entre tanto tráfico, aunque podría tener uno, económicamente me va bien, podría decirse que tengo todo para ser un hombre feliz.

Los hombres solemos caracterizarnos por conseguir siempre lo que queremos, no descansamos hasta tener éxito en ello, sin embargo, hay ocasiones en las que se nos es tan imposible una cosa que solo nos quedan dos opciones: 1 darnos por vencidos y aceptar que no pudimos ganar y 2 conseguir eso que se quiere a toda costa. Bueno, para hacer mi vida un tanto más interesante, opté por la segunda opción. Verán, siempre tuve lo que quise materialmente, tuve éxito en la universidad y en mi vida profesional, económicamente he estado bien, solo me falta una cosa y es compañía. Por más que he intentado superar la muerte de mi esposa Elizabeth, me ha sido totalmente imposible estar con otra mujer, ninguna está a su altura, ninguna puede igualarle. Sé que podrán decir “es que cada mujer es única” y si, tienen razón, pero el hecho que es yo acepté que no quiero a ninguna otra, yo quiero a mi Elizabeth.

En la sala de mi casa hay un enorme retrato de ella, es de poco antes de su fallecimiento, me costó mucho dinero el cual pagué con gusto, pues el realismo que se ve en el cuadro es impresionante, todas las noches antes de irme a dormir paso un buen rato apreciándolo mientras fumo un cigarrillo, siempre me pidió que lo dejara, fue la única cosa que nunca le obedecí. Es como si la tuviera frente a mí, el azul cielo de sus ojos, el negro azabache de su cabello, el rojo carmín de sus labios, era sencillamente perfecta, maldito cáncer.

Investigando he descubierto que hay muchos secretos inexplicables sobre el misterio de la vida y la muerte que solo unos pocos se han atrevido a escudriñar, yo aposté por ser uno de esos pocos. Hace un mes contacté con un nigromante, supe que ellos pueden establecer contacto directo con los espíritus de quienes ya han partido de este mundo, así que me aseguré de conseguir al mejor, me tomó un año poder dar con uno. Llegó el día, él vino a mi casa, me había pedido con antelación que limpiara todo muy bien y despejara el espacio en el que se haría el ritual, justo frente al retrato de mi amada Elizabeth, las luces apagadas, puertas y ventadas cerradas, solo las luces tenues de las velas que el nigromante encendió podían verse, yo no dejaba de ver el rosto de mi esposa.

Dibujo de un espejo

Me llamaba mucho la atención el hecho de que traía un enorme espejo consigo, lo colocó en la sala y me dijo que me sentara frente a él, en posición justa dando la espalda al retrato. El ambiente se tornó un poco pesado, la habitación se impregnó de un olor empalagosamente dulzón que daba nauseas, el nigromante vociferaba un montón de frases en latín, totalmente ininteligibles para mí, lo único que decía en castellano era que yo debía permanecer en silencio y con mis ojos cerrados, un escalofrío horripilante recorría mi espalda y el frío era sobrenatural en la sala. Todo esto sucedió en un lapso de 10 minutos aproximadamente, luego todo se calmó y el nigromante me dijo que ya podía abrir los ojos, pero siempre viendo al espejo me advirtió que por mi bien y por nada del mundo mirara hacia otra parte, creo saber por qué lo decía, puesto que podía sentir como era observado desde diferentes ángulos de la sala, eran demonios que supervisaban toda la actividad, el nigromante me dijo que eran como buitres esperando el momento indicado en que hiciera algo indebido para despedazar mi alma como carroñeros.

Cuando dirijo mi vista hacia el reflejo del cuadro de Elizabeth, no podía creer lo que estaba viendo, era ella, no solo su retrato, realmente era ella, viva y radiante como solía serlo. Una tímida lagrima se asomó por mi ojo derecho y ella me dijo, “no llores Ricardo, ya estoy aquí”. En ese momento mi alegría fue tal que olvidé por completo que había estado muerta, fue como si nunca se hubiese ido, finalmente lo había logrado, había traído a mi Elizabeth de vuelta, ignoré por completo las miradas de los demonios que me acechaban.

–   Te extraño mucho Elizabeth.

–   Ya no tienes que temer Ricardo, estoy de vuelta, no estarás triste nunca más.

–   Desde que te fuiste nada ha sido igual para mí, no soy el mismo, no logro siquiera dormir muchas noches.

–   No hay de qué preocuparse, aquí estoy para cuidar de tus sueños.

–   No aguanto más, quiero besarte y abrazarte, aferrarme a tus brazos por toda la eternidad.

–  ¡No! Por lo que más quieras, resiste, no voltees Ricardo, aún no.

En ese momento pude escuchar como una horrida voz con tono susurrante decía:

–    Hazlo Ricardo, has esperado un largo tiempo para hacerlo. Ahora que tienes a tu amada justo detrás de ti ¿qué esperas? ¿no es lo que has querido? — seguido de una estruendosa y escalofriante carcajada.

El olor dulzón que impregnaba la habitación se intensificó, escuchaba muchos murmullos y risas burlonas, le pregunté varias veces al nigromante lo que estaba pasando, pero no me respondía y al no poder voltear para verlo, la impotencia y la desesperación comenzaron a formar parte de mí. Al dirigir mi mirada fijamente al reflejo de Elizabeth noté como de sus ojos brotaban lágrimas de sangre, pero su sonrisa seguía intacta, sentí un terror que nunca en mi vida había llegado a sentir, las risas burlistas de los demonios no cesaban y finalmente no pude controlar el desespero en mi ser, voltee para aferrarme de brazos a mi amada esposa y lo que vi frente a mi es todo lo que puedo recordar, nunca había visto algo tan tétrico, horrido, pavoroso y terrible, un cúmulo sin forma de viseras y partes humanas, derretidas como plástico, alrededor vi restos de vestimentas que pude reconocer, era el nigromante, fue la última cosa que vi ese día.

No sé cuánto tiempo ha pasado, no sé qué día, que fecha ni qué hora es, no sé dónde estoy exactamente, solo veo paredes y pisos acolchados y una extraña camisa que llevo puesta en ocasiones, la cual inmoviliza por completo mis brazos, en ocasiones vienen personas extrañas a hacerme preguntas raras y a inyectarme quien sabe qué cosa, a pesar de ello me siento muy bien, porque Elizabeth está aquí a mi lado, nunca se fue, se quedó conmigo. Las personas extrañas que vienen en ocasiones me dicen que a mi lado no hay nadie, yo creo que están locos.

© Oskar Quevedo