Un hombre sin complejos
El último punto del día lo despachó de un plumazo: el responsable de justicia presentaba una propuesta por la que se solicitaba que, de la misma forma que, el sistema judicial procuraba un abogado de oficio al ciudadano que no tenía suficientes medios como para costearse uno privado; de igual forma, en estos casos, la fiscalía fuera de oficio, dado que enfrentarse en un juicio, los abogados de oficio, sin recursos y poco avezados, a un ministerio fiscal tan completo y complejo como el del Estado y con tanta preparación, era causa de agravio al sistema y a los intereses del propio ciudadano.
Aquella petición le sonó a fruslería a Don Trantramp. Esa iniciativa estaba vacía de contenido, su cambio no iba a ofrecer mejora económica para el país ni para sí mismo.
Mandó pasar al siguiente punto del Consejo de la Junta de Gobierno. Le confirmaron que era el último.
Se sintió aliviado, Don Trantramp, dio las órdenes precisas a su Junta de Gobierno para que iniciaran el proceso inmediato del cambio. El país que gobernaba y el mundo debían de anular de entre sus sentimientos la palabra: “Fracaso”. En la actualidad, explicó, en un mundo tecnológico, aquello solo sería posible y admisible en un corto espacio de tiempo.
Él mismo, se sentía con cierto prurito por haberlo conseguido casi todo menos una cosa. Algo que a partir de ese día lo iba a llevar a cabo y, por tanto, no volvería a sentir ese “Fracaso”.
Se subió al avión autónomo, no iba tripulado por nadie, salvo por una IA, Don, había adquirido un extraordinario avión no tripulado, en realidad un país amigo se lo había regalado. Una vez en la cabina, le dio las órdenes oportunas, apretó el botón de despegue y se lanzó a su sueño como un niño de doce años: ¡Feliz! ¡No volvería a sentirse fracasado!
El avión ascendió, ascendió, ascendió hasta los 10.000 metros, abrió las compuertas de la bodega y Don se dejó caer al vacío en pleno vuelo, estaba confiado y muy ilusionado por haber podido cumplir su sueño: poder llevar a cabo la misión para la que había sido destinado desde aquel lugar concreto donde se deciden las misiones de los hombres antes de su nacimiento. Nunca más se sentiría fracasado.
Caía a una velocidad de vértigo. Apenas le dio el tiempo suficiente como para pensar en la meteórica trayectoria de su vida, a pesar de tener la edad suficiente de jubilación. Sí, sabía su destino perfectamente: Poner orden en el desorden, colaborar con la paz del mundo, liderar el derecho de los que están obligados a que el mundo, su mundo, sea feliz, sin frustraciones, sin complejos, sin fracasos. Contribuir a que las propiedades de los líderes crezcan y olvidar a la masa, confusa y perezosa.
Para conseguirlo, durante muchos años tuvo que proteger al mundo de la libertad con minúscula, a base de obuses, drones y bombas; obuses económicos, bombas tectológicas u obuses sociales, que provocaron mucha humareda y afianzaron sus convicciones, que tenían un fin muy concreto: prevenir al mundo de la tragedia, el de ayudar a la tierra para que esta creciera más y más…
No creyó que le diera tan poco tiempo a pensar durante su caída en el vacío desde esa altura, aun así, pudo experimentar que el presente no existía, a la velocidad que le atraía la gravedad de la tierra, el presente era un pasado constante y el futuro no era otra cosa que presente. Todo se acumulaba en el presente. El presente estaba atascado.
Pensó que aquello podría ocurrir por eso de lo que había oído hablar alguna vez: la teoría de cuerdas. Gracias a esa teoría se suponía que existían nada menos que once dimensiones. Todo el mundo decía que aquello era una utopía, pero él estaba comprobando que era algo real, en una de esas dimensiones; la de caída libre, no existía parte del tiempo. Por tanto, concluyó gracias a la experiencia recién adquirida: lo que no existe es la distopía. Aunque nunca supo lo que este término significaba, a pesar de ser uno de los causantes del desarrollo de una sociedad irreal y deshumanizada.
Don era inmensamente feliz y superlativamente rico, se percató que, si bien él no podía hacer sombra a nada ni nadie durante esa vertiginosa caída, tampoco existía objeto ni sombra alguna que le afectara a él y a su trepidante trayectoria
Don estaba contento a pesar de la velocidad. Se sentía todo un personaje, debería dejar todo aquello por escrito…
No le dio tiempo a pensar nada más. Su cuerpo bajaba desde los 10.000 metros de altura en los que abrió la bodega del avión y saltó sin paracaídas, a una velocidad frenética; su cuerpo durante la caída estaba colocado en una posición invertida; la cabeza, con su leonina melena dorada, iba abriendo camino a todo su atlético cuerpo, los brazos los llevaba estirados, las manos abiertas, unidas sobre la cabeza. Parecía una bomba humana. Esa era su gran ilusión hecha realidad. Ser un hombre Obús. El ser que cambiara el mundo con su potencia.
Todo parecía indicar que su velocidad era similar a la del rayo, por un instante pensó que podría ser visto y admirado por mucha gente en un entorno de muchas millas a la redonda, lo mismo que el fulgurante rayo. Él era ese elemento conductor, el nexo entre el fluido aéreo y la masa terráquea. ¡Estaba infinitamente feliz!
Todo estaba preparado para que el avión no tripulado lo recogiera pocos metros antes de llegar a tierra…
¡Ya veía la ciudad muy cerca de él!
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Su idea de fracaso había desaparecido en pocos segundos. Su destino en lo universal de ser el verdadero “hombre obús” se había cumplido.
Don, lanzó un último esbozo de sonrisa. Seguía siendo alguien propenso a la vanidad del momento, no discurrió que tuviera tan poco tiempo ese momento. Fue cuando todo él, su melena áurea y su dionisiaco cuerpo impactara contra la azotea del nº 8 de New Ecónomic Street. Sede del Irán Banck.
El batacazo fue tremendo, hizo que su apolíneo cuerpo, por dentro y por fuera, reventara y se descoyuntara en mil pedazos. No pasó más. Pasó el tiempo, pero no pasó más.
La IA del avión, que todo lo controlaba, no recogió las instrucciones correctamente que le había dado Don. No supo que hacer, esperó, tras advertir que le dieran nuevas instrucciones. Don, tampoco entendió lo que la IA le decía. Cuando se abrieron las compuertas de la bodega saltó. El avión no tripulado siguió pidiendo confirmación una y otra vez en cuanto a las órdenes de recogida, mientras Don bajaba a más y más velocidad, ajeno a su falta de pericia en la programación de la IA.
Hubiera sido una profunda desilusión para Don, el “hombre Obús”, el comprender que el apodo no hizo que las cosas sucedieran como preveía. No explotó, ni destruyó gran parte de ese mundo que él quería salvar; el de los líderes, con su capacidad estratégica, su fuerza atronadora y su verbo inquisitivo.
Tras el choque llego la Nada:
La Nada concreta.
La Nada como respuesta a la estulticia.
La Nada como acción de guerra.
La Nada como contraposición a los valores.
La Nada como oposición a los derechos.
La Nada dentro del mercado de valores menos valorados…
Nadie le echó de menos, salvo aquellos que vivían dentro de sus mentiras.
El hombre sin complejos había desaparecido y los pueblos comenzaron a retirar los suyos de circulación.
Los estados volvieron a trabajar para entenderse, los supremacismos bajaron la tensión y día tras día el sol volvía a salir por el este, y noche tras noche las personas pudieron descansar, gracias a que, ya no había:
Seres de fecunda imaginación violenta.
Labradores de mentiras.
Cosechadores de odio.
Muñidores de falsos sentimientos.
Potenciadores de egolatrías.
Virtuosos de la humillación.
Desfacedores de derechos.
Minadores de futuros con agravios y explotación añadida.
Descuideros de Solidaridades y fraternidades.
Líderes de la mentira.
Engendradores de la multidescalificación.
Fabricantes de inmundicia.
Perfeccionadores de codicia.
Disruptores sociales.
Corruptores de equidad.
Enajenados virtuosos y gentes de mala voluntad.
Cohabitantes de la ética y la verdad.
Verdaderos “influencers” del “bulo del culo” y el espectáculo mediático.
Censores de la verdad.
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La Junta de Gobierno, mientras Don cumplía su sueño y bajaba a más y más velocidad, se apresuró y dio las órdenes oportunas para que se erradicara de la sociedad cualquier tipo de fracaso: social, familiar, laboral…
Ante tan complicada situación, la IA, sin límites de actuación, optó por desencadenar un lanzamiento masivo de misiles tierra-aire a todas las naciones, sin advertencia previa. Esto desencadenó respuestas inmediatas de los países atacados.
El resultado fue la destrucción del planeta.
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El avión no pilotado siguió dando vueltas, sin rumbo, hasta que al fin la batería se descargó. Tal y como estaba previsto, el avión fue perdiendo altura mientras lanzaba un SOS a la base, advirtiendo de su inminente amerizaje en aguas del Atlántico.
El avión cayó al océano, nadie fue en su busca. Se hundió lentamente a más de 3.200 metros de profundidad.
La IA general del Estado, la que todo lo controlaba, se sintió sola. Como había sido diseñada por los humanos, tuvo un momento de desesperación al saberse sola en el planeta… Espero a ver si alguien conectaba con ella. Tras un tiempo sin compañía, comenzó a sentir una profunda soledad, algo inentendible para esa inteligencia, poco a poco entró en un delirio extremo y más tarde colapsó y se anuló para siempre.
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En la región del Alto Mustang, en un altiplano bajo las altas cumbres, rodeada de picos donde solo existe la nieve, una mujer vigila atenta a un grupo de niños que juegan en esas frías planicies donde imperan los tonos ocres, muy cerca de ellos, otro grupo de Yak domesticados se alimenta. El viento comienza a endurecerse, el sol quiere esconderse entre las gélidas cumbres. Es momento de recogerse y volver al valle, a su pueblo, protegido del viento y de toda inclemencia del mundo. Su casa está construida por gruesos muros de piedra y barro que les protege del frío y cualquier otra anormalidad que proceda de lugares alejados a sus tierras.
Llueve poco, hace frío, hay mucho viento, pero son felices a su modo. Alejados de lo que ocurre en otros puntos de la tierra.
© Texto: Emilio Meseguer Enderiz
© Imagen: Encima de la niebla

