Una buena historia

El viejo Masterson se aclaró la garganta y comenzó su historia. Estaba sentado sobre el tocón de un viejo roble y apoyó la barbilla en la empuñadura de su bastón. Los niños escuchaban con atención, sin hacer ningún ruido. Solamente el esporádico crepitar de la fogata acompañaba a la cavernosa voz del viejo. El argumento no estaba mal. Un joven monje que vende su alma para llegar a ser el Sumo Pontífice. Los problemas comenzaron cuando incluyó la subtrama de un repentino interés romántico del protagonista. El viejo supo que algo andaba mal cuando escuchó un par de chasquidos de desaprobación. Se sentó con la espalda erguida e intentó un giro desesperado. El monje ya era cardenal y la chica había sido mordida por un hombre lobo. Nuevos chasquidos. El príncipe de las tinieblas hizo su aparición con un nuevo trato. La salvación de la joven a cambio de pervertir las enseñanzas de la Iglesia. La idea no estaba mal. La joven fue curada de la maldición justo antes de la luna llena y el monje fue nombrado Papa. Estaba en el balcón con los brazos abiertos hacia la multitud. Esperábamos que dijera una blasfemia que condujera a los creyentes hacia una nueva y terrible herejía, pero entre el gentío estaba la joven de la innecesaria subtrama. Ahora era una novicia y sujetaba entre sus manos un rosario. El nuevo Papa comprendió su terrible error y se lanzó desde el balcón. El viejo Masterson volvió a aclararse la garganta y recorrió con la mirada los rostros de los niños. Jorge, el hijo del panadero, fue el primero en levantarse. La piedra le dio al viejo justo entre los ojos. Se fue de espaldas con un ruido seco. La lluvia de piedras duró varios minutos. Cuando retiraron el cuerpo, los niños dirigieron sus miradas hacia la abuela Sanders. Por su propio bien, le convenía haber preparado una buena historia.


© Kalton Bruhl
Imagen de Albert Anker Pintura alemana de 1884