Una pregunta sin signo

Y sí. Cuando niña había empezado a creer que los escritores vivían del otro lado del mundo de donde solo se salía en papel, un papel que se iba ajando con el furioso pasaje de las hojas saliva mediante. También se fastidiaba por el viaje al pueblo de la abuela a pasar el día para cumplir con los mandatos familiares, hasta que descubrió el cuarto de huéspedes de la tía Julia con más libros que baldosas y una siesta obligatoria que se transformaba en un corto elástico de tiempo para vivir de verdad.

Pero no. Los escritores no vivían en un mundo alejado, se lo dijo la vela de cumpleaños un segundo antes de soplarla. La madurez es cosa de niños también. Vino el ocio y no había abuela en el horizonte, ni dormitorio ajeno con libros tan propios como se los devorase. Con el ocio aparecieron los poemas, una suerte de palabras sueltas que hablaban por uno. Una sopa de letras deliciosa, donde la cuchara era el lápiz y el aroma no encontraba explicación en las palabras. La rima llegaba sola y sola se tuvo que ir la primera tarde de taller literario, ya pisando los treinta y habiendo vuelto de la capital, como esos detectives que vuelven al pueblo natal. El taller municipal, una cueva oscura en el vientre de su ciudad, habitada por un escritor cruza con profesor que devolvía los trabajos diciendo qué basura. Aunque un día le dijo tenés madera. Entonces entre la basura y la madera la joven se sintió aserrín y prefirió volar con el viento de las audacias. Una tarde juntó todos los poemas escritos durante años en una carpeta que parecía un sándwich olímpico sin apretar y se acercó al profesor con la idea de hacérselo probar. Había que saber si se es poeta o si nunca se puede llegar a serlo. Pero el profesor esa tarde parecía un vigilante de faro y ella apenas un barco sin remos para llegar a la orilla. Casi treinta años, una profesión con diploma en la pared y el sándwich sin comensal. Los poemas quedaron en la nube personalísima de los que cierran los roperos con sus muertos adentro y además se tragan la llave. Hoy pisa los cincuenta, aunque no quiere pisarlos en público. Se moja el dedo para pasar la hoja del tiempo y recuerda la carpeta, el sándwich y el barquito como la misma cosa, sin más vida que estas palabras. No busca likes, no pregunta donde viven los escritores, en qué habitación se encierran los poetas, dónde pernocta la basura y dónde la madera. ¿Qué importa?  A veces sí, se reconoce una pregunta sin signo. Entonces escribe

escribe

escribe.

© Lucía Borsani