Vacaciones inolvidables de infancia y juventud

Con nostalgia recuerdo que, terminadas las fiestas de fin de año, la familia se preparaba para ese descanso tan merecido después de un arduo año de trabajo y estudios. Viajábamos en tren, cada año a un balneario distinto y durante el trayecto los sueños revoloteaban, imaginando cómo sería el lugar y su gente, qué entretenciones y aventuras disfrutaríamos ese verano.


Estación de trenes de Leyda. Óleo sobre tela, 40x50. (2020) de Cecilia Byrne
Estación de trenes de Leyda. Óleo sobre tela, 40×50 (2020) de Cecilia Byrne

En cierta ocasión, tras una hora de gozar del arrullador balanceo, el tren paró en Leyda, una estación muy pintoresca por su fachada azul, enmarcada por una frondosa vegetación que permitía resaltar los “dedales de oro”, una pequeña flor amarilla que crece entre los durmientes de las vías férreas.

 En su libro Gran señor y rajadiablos, Eduardo Barrios hace mención al origen del nombre Leyda. “Cuando los rieles todavía no llevaban trenes por allá, se debía viajar en diligencias y al anochecer, pernoctar en la Posada de la ida, en huasa pronunciación: Posá de L’eida; posteriormente alguien que viajó a España le trajo de allá la y”.


Las palomitas. Óleo sobre tela, 65 x50 (2017) de Cecilia Byrne
Las palomitas. Óleo sobre tela, 65×50 (2017) de Cecilia Byrne

No podían faltar “las palomitas” o vendedoras de dulces que pregonaban “¡dulce, corazón y torta, hechos por mis manos, ofrecemos al señor, dulce, corazón y torta!” mientras corrían a las ventanas del tren a ofrecer, como joyas en sus canastos, deliciosos pasteles artesanales (empolvados, alfajores, tortas, cachitos, entre otros) rellenos con dulce de leche.

El pitazo saca al tren de su letargo y retoma su trayecto mientras los pasajeros felices saborean esos dulces que dejaban sus huellas de azúcar en la cara y la ropa.


Playa de Viña del Mar. Óleo sobre tela 70x50, (2018) de Cecilia Byrne
Playa de Viña del Mar. Óleo sobre tela 70×50 (2018) de Cecilia Byrne

Al llegar al balneario, lo primero era partir a la playa, con objetivos diferentes de acuerdo a la etapa del desarrollo.  En nuestra niñez los más importantes eran bañarse en el mar y saltar las olas que nos arrastraban hasta la orilla y jugar en la arena para construir castillos con altos torreones, fosos y puentes, horadar profundos túneles subterráneos o enterrarnos dejando solo la cabeza libre.

En mi adolescencia, no se hablaba del hoyo en la capa de ozono, de rayos ultravioleta ni del cáncer de piel, por eso, con la libertad que nos daba el verano, pasaba todo el día tendida bajo el sol radiante para adquirir ese tono bronceado carioca, reflejo de unas intensas vacaciones.   Cada atardecer, con los nuevos amigos programábamos la actividad nocturna: pasear por la avenida Perú donde las olas rompen sobre las rocas mojando a los transeúntes, tomar algún refrigerio en el café Samoiedo para compartir experiencias y anécdotas, o bien ir bailar al Topsy Topsy, la discoteca de moda.

Hoy tuve la necesidad de plasmar estos recuerdos pues la estación de Leyda fue consumida por un voraz incendio forestal.  Han pasado los años, el ferrocarril ya no existe como medio de transporte y la playa cumple objetivos muy diferentes: pasear por la costanera y disfrutar las puestas de sol en el mar.

Texto e imágenes © Cecilia Byrne