¿Y cómo es él?

Años ochenta. Tenía yo doce años y mi hermana dieciséis cuando esperábamos la llegada  de José Luis Perales, que venía a cantar a Paysandú, a un anfiteatro que hacía poco había sido inaugurado por Rafaella Carrá, también de gira por Uruguay. La radio trasmitía minuto a minuto las novedades de la llegada de Perales, un mediodía de casi cuarenta grados en el que a casi todo el barrio le tocaba la siesta. Menos a nosotras, que habíamos sacado los prismáticos del abuelo y la cámara de fotos, regalo de los 15 de Isabel, para verlo pasar. Mamá, que por su edad podría ser más fanática que nosotras, nos miraba risueña  desde adentro de la casa, pegada al ventilador.

Pasó el auto y Perales nos saludó desde la ventanilla de atrás. Tan grande fue la emoción que quisimos contárselo a papá, que estaba trabajando. Para eso había que ir al almacén de la esquina y pagar una llamada por teléfono, que por cierto todos podían escuchar, porque el aparato estaba entre el almacén y el bar, en un soporte de pared justo en el medio entre los que iban por yerba envasada y los que iban por un vino a llevárselo puesto.

Esta vez había que hablar más fuerte para que a nadie le quedara duda de que el propio José Luis Perales  nos había saludado.

¿Y cómo es él? Preguntó cantando papá. ¿Sacaron foto? Y claro, pero salía movida, ya lo íbamos a ver cuando sacáramos once fotos más y lleváramos a revelar el rollo. Lo importante ya había ocurrido y hasta se había publicado en el muro del almacén, llamada mediante, con la irrefutable comprobación de los “likes” de los parroquianos en tiempo real: ¡Salú, Perales! ¡Que vivan las fans!


© Lucía Borsani
© Imagen: pexels

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