¿Y si armamos el belén?
En el portal de Belén hay estrellas, sol y luna, la Virgen y san José y el niño que está en la cuna.
Llegando a estas fechas, toca soportar y sufrir a mi artículo prenavideño. No os queda otra opción; bueno, sí, pasar de mí y no leerme hasta la siguiente revista, es lo que hay. Pero seguro que alguna ojeadilla le echarás como mínimo, es lo que tiene la curiosidad…
Una de las cosas que normalmente me sorprenden al buscar información sobre cualquier tema es la cantidad de webs que tratan sobre dicha materia o asunto, sea el que sea. Y esta vez no ha sido diferente; vale que después se repiten muchos contenidos en muchas de ellas (incluso algunas son copias totales de otras publicaciones y sin que ninguna de ellas haga referencia a las otras como fuente o procedencia) pero siempre merece la pena leerlas todas. Siempre hay matices, aspectos e incluso redacciones que los distingue y diferencia, y que en muchas ocasiones hasta me sirven como fuente de inspiración para montar mi artículo. Todo suma, siempre.
Y ahora corresponde comenzar a hablar del tema de este mes: los belenes. ¿Quién no ha montado un belén (o se lo han montado) durante la época navideña en algún momento de su vida? En mi niñez, era toda una tradición, al más puro estilo clásico. Sobre uno de los muebles del salón (creo recordar que era un aparador), con su río hecho de papel de plata, las montañas con papeles que cubrían las ollas y otros cacharros de la cocina, la cartulina de fondo con su cielo estrellado y la estrella de Belén bien visible. En mi época se solía montar justo al darnos las vacaciones escolares (así nos tenían entretenidos algunas mañanas y tardes); colocar los puentes de corcho sobre el río y junto a él las lavanderas, los pastores y sus cada año más nutridos rebaños, el portal con sus conocidos habitantes, cabras y casitas sobre los montes, musgo artificial por la superficie y en un rincón la correspondiente arena del desierto de donde procedían los reyes magos así como las palmeras y cactus que debían poblar originariamente esos paisajes tan exóticos y desconocidos para nosotros. Como en mi casa eran poco fervorosos, el niño nacía tal como se montaba el belén (total, yo también fui prematura) y no recuerdo si los reyes cada día se acercaban un poquito más al portal. Pequeñeces.
Vamos, pues, a hablar del belén (portal, nacimiento, pesebre, pesepre en italiano, presepio en portugués, crèche en francés, Krippe en alemán…), la representación artística y simbólica del nacimiento de Jesucristo en relación con el cristianismo y que se suele exponer durante la época navideña. Por su parte, la palabra belén tiene una etimología que se remonta al hebreo bíblico y proviene del término hebreo בית לחם (Bet léjem), que literalmente significa casa del pan.
El belén, como lo conocemos, tiene origen medieval, aunque las primeras representaciones están en las catacumbas romanas, en tiempos del paleocristianismo; se halló un fresco en la llamada Capella Greca de la catacumba de Priscila en la Vía Salaria de Roma. En él aparece una imagen de la Virgen estrechando contra su pecho al niño, que va en pañales; frente a ellos están los tres Reyes Magos, que van sin corona, manto o gorro y vistiendo sólo túnica corta. Por cierto, fue en el año 320 cuando se adoptó oficialmente el 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Jesús (casualmente coincidiendo con la fiesta del Sol Invictus romano, que celebraba el solsticio de invierno).
Parece ser que la devoción por el nacimiento fue impulsada por los Templarios; diferentes hallazgos a lo largo de los siglos evidencian su continua representación (en la catacumba de San Pedro y san Marcelino -siglo III-, en la catacumba de Domitila -siglo IV-, oratorio de Santa María la Mayor -siglo VIII-). Es a partir del siglo VIII cuando el nacimiento y la resurrección comienzan a representarse como escenas costumbristas en las plazas de las ciudades (ferozmente criticadas por el papa Inocencio III) y a la que cada vez se le sumaban más personajes, muchas veces incongruentes con la escenificación.
Pero se considera que el primer belén católico se debe a San Francisco de Asís, realizado en las navidades de 1223 en Greccio (Italia). Al volver de un viaje de peregrinación a Tierra Santa pidió al papa Honorio III una dispensa de la prohibición de las representaciones religiosas. En una cueva de las montañas de Asís, junto a una cabaña de pastores hizo un pesebre con paja, colocando a su lado una mula y un buey y allí celebró la misa del Gallo, con los fieles que se congregaron al toque de campanas, recordando a la adoración de los pastores. Y la leyenda habla de varios milagros que ocurrieron, todos relacionados con la aparición de un niño que tomó vida. Pero san Francisco no representó a ningún personaje del belén (ni virgen, ni san José ni niño), sólo un ceremonial litúrgico de la Navidad. La inclusión del buey y de la mula no aparece en los evangelios, pero sí en el libro de Isaías del Antiguo Testamento, así como en el pesebre del siglo IV de las catacumbas de la basílica de san Sebastián en Roma.
De las representaciones teatrales pronto se pasó a realizar figuras con diferentes materiales; la costumbre se popularizó y las iglesias de las más importantes ciudades italianas se decoraban con belenes durante la época navideña. Y de ahí se extendió al resto de Europa. Precisamente fueron los frailes franciscanos (tanto en sus ramas masculina -franciscanos y capuchinos- como femenina, las clarisas) los que usaron esta representación como elemento de evangelización. Es a través de estos frailes y monjas como la costumbre llegó a España, en Castilla hacia el siglo XIV, aunque existe la posibilidad de un belén en Cataluña alrededor del 1300, y se ha hallado un documento que afirma que, en el año 1475, había un vendedor francés de figuras de nacimiento, en el pórtico de la Iglesia de Santa Catalina en Barcelona. Porque hay disparidad de opiniones sobre qué belén fue el más antiguo; hay quienes consideran que es el de San Giovanni Carbonara, en Nápoles, con figuras de madera que datan de mediados del siglo XIV; otras fuentes hablan del realizado por san Cayetano de Thiene (1485), que ideó un pesebre con figuras de madera pintadas que iban cubiertas con ropajes de la época y cuya cabeza estaba hecha de terracota, cartón piedra o madera. En España se considera el más antiguo al llamado Belén de Jesús de Palma de Mallorca, fabricado en 1480 con figuras labradas por la familia Alamanno (de los primeros belenistas de Nápoles) y que está documentado ya en el siglo XVI. Se dice que llegó a la isla en 1536 de manera casual; las figuras pertenecían a un capitán que las donó como exvoto por salvarse de un naufragio.
En definitiva, que la costumbre se generalizó a partir del siglo XV. En pleno Renacimiento (1465) se funda en París la primera empresa fabricante de figuras de belén y en Alcorcón, en 1471 se crea el primer taller belenista de la península y con influencias de Inglaterra a donde no llegó hasta 1501, el tercero en producir figuritas belenistas fue la República de Siena en 1475, de estilo renacentista, el cuarto país en crear figuritas belenistas fue Portugal en 1479. Cuando Inglaterra adoptó el anglicanismo, las figuritas belenistas fueron quemadas, y debido al rechazo a los íconos, en 1601 se hizo un decreto, la Bethelem Ban, y quien no lo cumpliera sería condenado a muerte (que duró hasta el siglo XIX).
Es con la llegada del barroco cuando el belén alcanza auténticas cotas artísticas, con el llamado belén napolitano. Ahí se reunían artistas y artesanos, desde arquitectos, escultores, pintores y tallistas hasta plateros, ceramistas y sastres, muchos de ellos de gran prestigio social y artístico. La meticulosidad y la excelencia requerida en el diseño de las piezas para el belén conllevó a que algunos escultores se especializaran en la creación de elementos muy específicos, como animales o incluso las verduras. Esta expresión artística breve se presentaba anualmente durante la temporada navideña con una escenografía dinámica y cambiantes narrativas. Se componía de una gran variedad de figuras (los manichini vestiti) fabricados en madera o en terracota, con las cabezas, manos y pies pintados y ensamblados en armazones de alambre. Se les vestía con ricos ropajes y podían ser manipulados para realizar movimientos articulados e incluso se les podía cambiar los atuendos de un año a otro.
Además de los hermanos Alamanno anteriormente mencionados, también destaca en esta época Guido Mazzoni, Giovan Battista Benini, Andrea Betti, y Pietro Paolo Bonzi.
Respecto a España, la leyenda urbana (y la mayoría de medios de comunicación) vinculan la introducción del pesebre en nuestro país al rey Carlos III. Ya hemos visto que no, que ya existían desde bastante años antes pero tampoco hay que restarle méritos al monarca en la popularización de esta representación navideña. Carlos III comenzó a reinar en España en 1759 pero durante los anteriores veinticinco años fue rey de Nápoles y Sicilia. Ergo, allí conoció los belenes napolitanos y su esposa, la reina María Amalia de Sajonia, hizo traer desde esa ciudad el belén que allí tenían para disfrute de su hijo, el futuro Carlos IV, construyendo una sala especial que albergaría al Belén del Príncipe (actualmente en el Palacio Real) y que se exhibía cada año al público. El rey encarga a los imagineros valencianos José Esteve Bonet y José Ginés Marín y al murciano Francisco Salzillo una serie de figuras de barro que completasen las que había traído, modeladas en diferentes tamaños para que ofrecieran una acertada perspectiva al ser colocadas en las diferentes escenas.
Esta tradición se extiende a la aristocracia y a la nobleza y con el paso del tiempo llegaría hasta los hogares (mediados del siglo XIX) cuando se comienzan a fabricar en serie pequeñas figuras en barro sin cocer y pintadas de vivos colores, realizadas principalmente en Murcia, Granada, Barcelona y Olot; se comercializaban en tiendas de imaginería religiosa y en mercadillos navideños populares (como el de santa Lucía en Barcelona que ya existía en 1786).
En Jódar, Jaén hay referencia documental de la instalación de un nacimiento, en un domicilio particular, en el año 1589. Y se especula que en el siglo XVII se expuso el primer belén públicamente en un domicilio particular; fue en san Cristóbal de la Laguna (Tenerife) en la casa de la familia Lercaro, edificio que hoy alberga el Museo de Historia tinerfeño y en el que se conserva un belén procedente de Génova.
En los siglos XVII y XVIII, pues, el arte del Belenismo crece de una manera exponencial, gracias a las órdenes religiosas, a Carlos III, y a la nobleza que hace lo propio, imitando los gustos del monarca. Los grandes imagineros realizaban sus obras para iglesias, conventos y cofradías, destacando en el siglo XVII Luisa Roldán, “La Roldana”; José Risueño, discípulo de Alonso Cano; el fraile mercedario Eugenio Gutiérrez de Torices, cuya producción está realizada en cera y Pedro Duque Cornejo, nieto de Pedro Roldán, y sobrino de La Roldana. En el XVIII, el arte del belenismo cuenta con figuras como Francisco Salzillo, José Esteve y Bonet, Ramón Amadeu Grau, José Ginés Marín y Damián Campeny y Estrany. En el XIX, destaca el artista nacido en Barcelona, Domingo Talarn Ribot.
Y llegados a este punto, doy por acabado este artículo. Como expliqué al principio, me he encontrado una inmensa montaña de datos respecto a este tema. Mi primera hipótesis de trabajo se basaba en hablar un poquito de todo, así como de pasada y sin profundizar demasiado en ninguno de las facetas del tema y en especial en la historia del origen del belén. Pero tal como comencé a escribir esos orígenes me atraparon y no he querido dejar de contar ninguno de esos detalles.
¿Que qué queda por contar? Pues la verdad, mucho, como los distintos tipo de belenes, los más famosos de España, los más curiosos, el significado de las figuras, la normativa de los belenistas. Por ello, he decidido que aquí paro y habrá que esperar hasta las navidades del año que viene para acabar el tema.
Espero que os haya gustado y sólo me queda desearos unas Felices Pascuas y un buen comienzo de 2026, esperando publicar y encontraros ahí delante. Cuidaros mucho.
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