Un nombre para el olvido
Lo recuerdo como si hubiese ocurrido ayer. Aunque todo fue tan irreal que a veces me siento tentado a decir que lo recuerdo, como si lo hubiese soñado ayer. Estaba allí, de pie frente a la tumba de Enrique III, el Sajón, mientras las antorchas iluminaban débilmente el interior de la catedral de Brunswick. Presté mi juramento y recibí el puñal simbólico, destinado, me dijeron, a vindicar el honor lavando con sangre cualquier afrenta. Ascendí rápido como nuevo señor de la calavera. Mi celo por defender la pureza de la raza aria, mi reconocida convicción en las teorías científicas oficiales como el hielo eterno y mi prestigio como un habilidoso cirujano se combinaron para que hoy me encuentre en el hospital Bulovka de Praga, asistiendo al doctor Karl Gebhart. Fue difícil controlar mis nervios. Todo debía realizarse con la mayor precisión. El paciente no era cualquier hombre. Era, ni más ni menos, Reinhard Tristan Eugen Heydrich, el recién nombrado protector de los intereses del Reich para toda Europa. A pesar de mi aprensión, el doctor Gebhart parecía tranquilo. «Bastará con limpiar a profundidad las heridas —me dijo— y utilizar mayores dosis de sulfamidas». Yo asentí, expresando mi alivio. Sin embargo, pocos días después, el 4 de junio, para ser preciso, Heydrich estaba muerto. Ese día, por la mañana, decidí dar un paseo. La ira del Führer sería terrible y no sabía si la belleza de aquella ciudad se mantendría intacta. No había avanzado demasiado cuando escuché una voz a mis espaldas. «Hemos fracasado», dijo, casi en un murmullo. «Te equivocas —le respondí sin mirar hacia atrás—. Ahora lo que importa es entregar a tus hombres para evitar una masacre». El hombre continuó caminando en silencio. Sabía lo que pensaba: todos lo recordarían como un traidor, como el cobarde que entregó a sus camaradas por salvar su miserable existencia. «Yo hice mi parte —le recordé—; es hora de que hagas la tuya». Le escuché alejarse y de pronto me sentí completamente solo en aquellas calles abarrotadas. Busqué en uno de mis bolsillos la placa de cristal donde había cultivado las bacterias. Reí por la nariz. Una simple bacteria había sido capaz de doblegar a la poderosa sangre aria. Toda operación tiene un plan B. Karel Kùrda, el hombre que acaba de marcharse, y yo mismo éramos ese plan. El destino es injusto. El nombre de Kùrda vivirá por siempre en la infamia y el mío, no el falso con el que engañé a todos en las SS, sino el verdadero, el que recibí en la Sinagoga; ese permanecerá por siempre en el olvido.
© Texto: Kalton Bruhl
© Imagen: Encima de la niebla

